La Promesa Interrumpida: Muerte de un Peregrino en el Camino de la Fe

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San Juan del Río, Qro.— La mañana de este martes, 28 de octubre, comenzaba apenas a teñirse de luz cuando un grupo de ciclistas salió del Estado de México con un mismo propósito: llegar hasta la capilla de San Judas Tadeo, a las puertas de Querétaro. Eran alrededor de diez peregrinos, hombres y mujeres que, con fe y cansancio compartido, avanzaban sobre el asfalto mientras el viento frío de octubre les cortaba el rostro. No sabían que el viaje, que había empezado como una ofrenda, terminaría en tragedia.

Cuando el grupo se aproximaba a la caseta de cobro de Palmillas, el destino los alcanzó. En la incorporación del Macrolibramiento Apaseo–Palmillas con la autopista Federal 57, una camioneta Peugeot blanca se desvió apenas unos metros de su curso. Fue suficiente. El golpe alcanzó a uno de los ciclistas, lanzándolo al suelo con una violencia seca que heló el aire.

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El conductor se detuvo unos metros adelante, aturdido. Los compañeros del peregrino soltaron sus bicicletas y corrieron hacia él. En segundos, la carretera se convirtió en un improvisado santuario: unos abanderaban el lugar para evitar otro accidente, otros rezaban en voz baja, algunos simplemente lloraban. La fe, que había sostenido su viaje, se les desmoronaba en las manos.

Los cuerpos de emergencia llegaron poco después. Elementos de Caminos y Puentes Federales se apresuraron a brindarle atención prehospitalaria, pero no hubo respuesta. La vida ya lo había abandonado antes de que las sirenas se acercaran. Lo cubrieron con una manta azul, mientras los demás ciclistas permanecían a su lado, en silencio, rodeados por el ruido distante de los autos que seguían su marcha.

La Guardia Nacional, División Carreteras, acordonó la zona. Los agentes tomaron fotografías, midieron distancias, marcaron el pavimento. Se dio aviso a la Fiscalía del Estado, cuyos peritos se encargaron de los trámites legales y del levantamiento del cuerpo.

La escena, sin embargo, quedó grabada más allá de los procedimientos: una bicicleta tirada a un costado, un casco roto, un grupo de peregrinos que no podía apartar la mirada del lugar donde su compañero cayó. Uno de sus hijos en silla de ruedas con la vida destrozada. Habían salido juntos para cumplir una promesa; regresarían con un vacío que no esperaban llevar.

Cuando el Servicio Médico Forense se llevó el cuerpo, el sol ya estaba alto. La carretera volvió a su ritmo habitual, pero el silencio permaneció en el aire. Los compañeros del fallecido se quedaron un momento más, inmóviles, como si esperaran que él se levantara para continuar el camino. Luego, uno a uno, retomaron sus bicicletas.

El viaje hacia San Judas Tadeo siguió, pero con un nombre menos entre los suyos. Un peregrino más que no llegó al santuario, pero cuya fe —dicen sus compañeros— quedó marcada en el asfalto, junto a la línea blanca del camino.

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